LA CINEFILIA NO ES PATRIOTA

DEDICADO AL CINE PERUANO QUE AÚN NO EXISTE

Monday, June 04, 2007

REFUGIARSE EN UN MULTICINE


Estimado causa:

refugiarse en un multicine es la única vacuna efectiva que he encontrado para esta novedosa soledad importada

he probado montar bicicleta por calles que no conozco, sentarme en la barra como en las viejas series de tv a conversar con el cantinero obeso o gastar la plata que no tengo en bizarros shows de obscenos contorsionistas que se dejan meter el brazo por ya sabes dónde

nada de eso sirve

el único remedio son los multicines

pagar 7 dólares (en vez de 9) por entrar en matinee y salir cuando acaba trasnoche: ver una película y después otra y despué
s otra y después otra: reírte, llorar, llorar, reírte, no pensar

hacer como si el tiempo fuera fácil

como si la vida en realidad fuera tan perfectamente oscura y alfombrada como un multicine

no me gusta la gente que habla en el cine
no me gustan las parejas que van a agarrar en el cine
no me gustan los viejos que se duermen en el cine
no me gustan las madres solteras que llevan bebes al cine
no me gustan los mocosos que comen cancha en el cine
no me gusta la gente que contesta el celular en el cine
no me gusta la gente que necesita que le expliquen el cine
no me gusta la gente y sin embargo
no me gustan los cines sin gente
(hacen que me sienta escandalosamente solo)

Hoy vi otra película extraordinaria
de esas que te rompen el cerebro por un tiempo
Se llama "In America" y ganó montones de premios
en festivales de cine independiente
Un millón de cosas me gustaron de esa película
Especialmente algo que dijo una chiquita irlandesa de 5 años
en una de las muchas escenas en que se robó el show:

- Papi, me siento muy sola aquí en New York.
- ¿Por qué, princesa?
- Porque aquí no tengo a nadie a quien contarle mis secretos.

Es otra de esas películas de las que uno sale pensando:
"Tengo que decirle a Martín que la vea"

Feliz 2004

Beto

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Saturday, May 19, 2007

LA CIUDAD Y LOS PERROS (movies of my life)


LA CIUDAD Y LOS PERROS.
Cine Concorde. Cercado, 1982.


¿Qué? ¿Que qué te miro, cadete? Quiero que me regales una foto tuya calato. La broma lo hacía reír a carcajadas. Sobre todo, porque sabía que broma no era. Se las sabía todas menos una y, en realidad, no era un cadete sino un comando “Ser y no parecer” –tal era el sugestivo lema de su Escuela, y vaya que daba mucho qué pensar–. Costó ciertos trabajos poder saber a ciencia cierta que él, en efecto, era. Porque no parecía. No parecer y ser. Allí estaba un mejor lema. Ese era el truco. Lo conocí durante la guerra y nunca pude dejarlo en paz. Eso último no es verdad pero qué importa. Es una bonita frase. Un buen floro, como solía decirme, siempre me acabas convenciendo con tu floro bravazo, pendejo. Y yo: el que pestañea, pierde, chiquillo.


Y acto seguido, pestañeaba, claro. Y, cual morteros ecuachos, estallaban carcajadas en la línea de batalla. Atronadoras risas con palmada. Puta, que eres la cagada tú. Hacer el amor y no la guerra –habían acordado amabas partes, en táctico pero no por ello menos conmovedor cese de hostilidades–.


Pero, a las finales, pasó lo que siempre pasa, qué limpiando de minas, qué protocolo de amistad y límites ni qué niño muerto. Tanto barajo para terminar pasándose con roche de la raya en el delicado asunto de las fronteras. Y en algún momento dejó de quedar claro, entre tanta selva, dónde terminaba el uno y dónde comenzaba el otro. Y entonces Dios, endemoniado, ordenó fuego. E incendió, de noche, para pánico de todos, la pradera. Cuando llueven los misiles tierra-tierra hasta los más machos chivatean y quieren que se los lleve cargados su mamá. Unos corrieron a esconderse –gallinas, al fin– en las cuevas del zorro. Otros, rodamos vistosamente por el barro (es la historia de tu vida). Y, aunque no combates mortíferos, hubo sí numerosas y bien preocupantes escaramuzas. Fricciones. Roces. Serios roces. Un nuevo hito que quedar en tu compleja geografía –o, mejor dicho biografía–. Arriba aún guardo tu medalla al valor. Ven un día a recogerla (viejo truco). Cuando quieras. Habla pe, promoción. Dímelo, héroe del Cenepa: ¿Lo recuerdas todavía? Ahora, olvídalo.


Beto Ortiz

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Saturday, May 12, 2007

EL RESPLANDOR (Las películas de mi vida)



El RESPLANDOR, de Stanley Kubrick
Cine Colina. Miraflores, 1981
Porque lo escuchaba teclear y teclear infatigablemente por las noches, Shelley Duvall juraba que su esposo Jack Nicholson era un escritor. En silencio veía cómo se sentaba ante su máquina Remington Rand en el gran salón del viejo hotel perdido en medio de las nieves y escribía: claclaclaclaclac. Y mientras tanto, su hijo, el del dedito parlante, el que roncaba: red rum, el que veía gemelas fantasmas y olas de sangre que salían del ascensor, ese mismo, pedaleaba con su cara de mal de ojo como un pequeño zombie en su triciclo enloquecido: Cuic-cuic-cuic-cuic por los interminables pasadizos. Cuic-cuic-cuic-cuic. Cuando se cansaba de estar tantas horas sentado, Jack se ponía de pie, estiraba los músculos y comenzaba a lanzar con furia su pelota de tenis contra el muro.
Después volvía a sentarse. Y así, la pobre Shelley se aburría a tiempo completo sin tener con quién conversar en semejante caserón bicentenario. ¿Qué querían que hiciera? El marido: claclaclaclaclaclac, todo el santo día. El hijo: cuiccuiccuiccuic. Y ella, abandonada en aquel frío glacial, más sola que la muerte, tan callando. Como suele suceder en los hogares del mundo actual, aquello consistía en una carrera desbocada para ver cuál de los tres se volvía loco primero.


Ay, Shelley, no había que ser ningún vidente para saber, de lejos, quién iba a ganar. Pero, claro, mujer al fin, no pudo contener el impulso, la vocación de martirio de asomarse al precipicio del alma de su amado: ¿Qué estaría escribiendo? ¿Decía algo sobre ella? ¿En quién pensaba en secreto? ¿A quién deseaba? ¿Qué de eventos desconocidos acontecían en su espinado corazón?
Una madrugada se armó de valor y, en un descuido, se abalanzó sobre la máquina de escribir desguarnecida. Allí, al lado, apilados uno sobre otro, boca abajo, había cientos y cientos de papeles mecanografiados. Cogió uno, anhelante y leyó: No por mucho madrugador amanece más temprano.
Cogió otro y otro y otro más y todos decían:
Nopormuchomadrugaramanecemástemoprano.
Se tapó la boca para no gritar, ¿Sólo eso? Millones de veces, la misma frase. Nunca había sentido tanto miedo en toda su vida. Pero era tarde. El viejo Jack ya la había descubierto. Y vaya que estaba empinchado: ¿Se te perdió algo, preciosa? No lo hizo de sapa, Shelley, no. Ella solo quería cerciorarse de que era querida.


Después -supongo lo recuerdan- vendrían el bate de béisbol, la cacería en el laberinto, los hachazos. Salí del cine temblando como un perro mojado y no pude conciliar el sueño durante días. Nunca había sentido tanto miedo en toda en toda mi vida. Solo espero que la humanidad haya aprendido la lección. Nunca te asomes a intentar leer por sobre el hombro, sin permiso, las palabras que los otros escribimos.

Beto Ortiz

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Monday, May 07, 2007

LAS PELÍCULAS DE MI VIDA (2da parte)





LA LAGUNA AZUL
Cine Country, Lince, 1979



Durante años, vivimos convencidos de que Ursula Santa María era la chica más linda de la galaxia, hasta que otra diosa descendió de los cielos para derribarla. Hasta tres veces al día nos concentrábamos en ella, con una mística que ni los monjes budistas: le rezábamos un rosario entero de misterios muy gozosos. Pero eran adoraciones a lo lejos y solo los chuchan-boys más macetitas como Boris Wenninger osaban sacarla a bailar sin miedo a ser fulminados como cucarachas por el Baygón de sus ojos verdes: Multiplícate por cero, papacito.


La adorábamos porque, además de cuerito, era rebelde y se las arreglaba para violentar –al mismo tiempo– todas las normas de vestir de nuestro plantel cucufato. Usaba la falda una cuarta por encima de la rodilla y las medias bien chorreadas sobre los míticos Titus, dejando al aire esas pantorrillas que, de seguro, bronceaba en Totoritas. Se arremangaba la blusa hasta dejarla manga cero, se soltaba los tirantes, se prendía la insignia a la cintura y se adornaba con sacrílegos aretes largos y varias hileras de pukas y chakiras regaladas por tablistas veinteañeros. Por si fuera poco, se pintaba los labios más codiciados del reino con un rouge asesino que olía sin piedad a chicle Sour sabor manzana. A la salida, ella tomaba la 59-B. Yo, en cambio, la 12 –A. Y para llegar a ambos paraderos había que recorrer todo Río de Janeiro hasta la muy cenicienta Residencial.


Escoltada por su nube de ángeles castaño-claros, montaraces y apolíneos, Ursulita levitaba gloriosa por la vereda solariega de la izquierda. A la derecha, por una sombra solitaria de aciagas buganvillas, penábamos, plúmbeos, los marginados del sistema. Arrastrando los pies, el alma y la mochila. Hacer la cola del Enatru era todo un suplicio y, adentro, una vez enlatado, un simple codo puesto a tiempo en el lugar correcto podía significar la diferencia vital entre puntear y ser punteado. Fue en medio de uno de esos cotidianos ajetreos que la vi. Una nínfula en ajustado polito de educación física. Dios, cómo se le translucían sus mundialmente célebres tetitas. Estaba sentada con la cabeza lánguida apoyada en la ventana, la mirada vidriosa en el vacío y un extraño adminículo conectado a sus oídos, un aparato que, en ese entonces, en Perú nadie tenía y que –años después lo sabríamos –se llamaba walkman, ¿era ella?


¿Cómo era posible que nadie más la estuviera contemplando con la boca abierta? Necesitaba un testigo con urgencia. Alguien más que, en el futuro, pudiera dar fe de que era verdad tanta belleza. Miré en derredor pero no pude distinguir a nadie conocido. Recé: que no se baje. Pero cuando llegamos a Los Eucaliptos se puso de pie y a su solo resplandor la masa compacta de viajantes se abrió, obediente, como las aguas del Mar Rojo y la discreta estela de su perfume a noctámbulos jazmines reemplazó al vapor hediondo de todas las tardes. Cuando pasó por mi lado, a solo centímetros, alcancé a reconocer la canción de moda que se escapaba de sus auriculares: de pronto, canto/será porque te amo. Ahora se estaba bajando. Sin mirar a nadie. Maldita sea. ¿Por qué no la seguí? ¿Por qué hasta hoy nadie cree que me topé en el bussing con Brooke Shields?




JESUCRISTO SUPERSTAR
Cine San Felipe, Jesús María, 1976



Pruébame que eres divino, conviérteme el agua en vino. Desde que veía el afiche, uno se preguntaba por qué no le habían puesto “Jesucristo North Star” porque, nadie sabe cómo, ese Nazareno hippilín calzaba por Jerusalén esas franciscanas –y horrorosas–zapatillas blancas de lona y jebe que usábamos, masivamente, quienes aún acariciábamos el sueño de las Adidas propias. Décadas antes de la censura a La Ultima Tentación de Cristo, nuestro afectadito profesor de religión, el hermano Roger, nos había prohibido terminantemente disfrutar de aquel memorable musical de Andrew Lloyd Weber que, en mi caso, degeneró en una grave y muy sospechosa broadwaymanía. “Es alienante”, nos advirtió.


Nadie supo lo que eso significaba pero, como sonaba pecaminoso, fue suficiente estímulo para meter al salón entero, en masa, al cine de barrio más cercano después de clases. Cuando vimos en las fotos de la vitrina al Judas Negro, perseguido por tanques en el desierto a los centuriones romanos custodiando al crucificado con metralletas, todos dijimos: ¡pajísima! Pero a los pocos minutos de empezada la función, cundió el aburrimiento: ¿Alguna vez iban a parar de cantar, maldita sea? ¿Dónde se había visto un Jesucristo que reúne a los apóstoles para hacer coreografías? Mis amigos, furiosos, se mandaron mudar a media película, pifiando, pateando las butacas, gritando: “¡Mi plata!”. Yo, en cambio, estaba en éxtasis místico y poco me faltaba para batir hojas de palma: “Ho-ssana-hey ssana-ssana-ssana-ho!” Y yo que creía que nunca nada podría superar al “¡Aleluya, Aleluya!” de Cattone. Aquello era ni más ni menos que la Biblia bailada, las escrituras en rock, una fumada.

Me aprendí de memoria la letra de todas las canciones del doble LP y muchas, pero muchas veces, me aluciné el gordo Herodes con su african look y sus lentes oscuros de marco blanco mirando al Hijo del Hombre con desdén y cantándole: ¡Así que tú eres el Cristo!, ¡el famoso Jesucristo!... pruébame que no estás loco, camina sobre el agua un poco. Alguna vez pretendimos –un papelón– emular a Camilo Sesto y Angela Carrasco y montar la obra en español para Semana Santa en el auditorio del colegio, pero la farandulera iniciativa fue rechazada con rotundidad. ¡Eso está bueno para marihuaneros!, bramó la directora y muchos en mi sección, orgullosos residentes del tristemente célebre Jirón Huiracocha, se sintieron aludidos en el alma.

Hubo que conformarse, pues, con las desternillantes y, sobre todo, inútiles sesiones familiares de ensayo en las que, tribus enteras de primos, sicodélicamente ataviados de gálatas, efesios y corintios recontra a go-gó, jugábamos, abriendo y cerrando las cortinas de la sala a escenificar el musical que jamás presentaríamos en ninguna parte. No es tarde, sin embargo para decir que mi prima Lucía estaba notable cantando: ¿Podemos comenzar de nuevo? Could we start again, please? En su rol de María Magdalena. Modestia aparte, la fonomimia de nuestros coros era soberbia: Siempre quise convertirme en un apóstol/ sabía que un día lo iba a lograr/ Cuando me retire, escribiré el evangelio/ para que nunca dejen de hablar de mí.
Beto Ortiz

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Thursday, May 03, 2007

LAS PELÍCULAS DE MI VIDA

LOS ARISTOGATOS

Cine Azul, Santa Beatriz, 1971.

Como si esa densa y alfombrada tiniebla no me hubiera dado ya miedo suficiente, un majestuoso león gigantesco surgió de en medio de la nada y, antes de que alcanzara a abrir el hocico para lanzar su mítico rugido yo ya estaba chillando como un majestuoso lechón. Si esos eran los aristogatos yo no quería volver a verlos jamás en la vida. Mi mamá me sacó en peso hasta la soleada calle en medio de las risas piadosas de las demás familias que abarrotaban la sala en aquella función matinal.

Vivíamos a media cuadra de ese cine de nombre tan Rubén Darío, hoy horriblemente travestido de iglesia Pare de Sufrir. ¡Para de llorar! –pedía mi vieja que, como buena cinemera, detestaba ver la película empezada–. Yo –gordezuelo abominable– la chantajeaba exigiendo que me compre media confitería, incluidos, por supuesto, los populares chupetes Picolines, chocolates Golazo de Motta con arroz crocante y esas codiciadas bolsas de canchita dulce marca Laurel que venían con juguete adentro. Como media hora después, volvimos a entrar y todo lo que recuerdo es que uno de los gatos en cuestión se llamaba Berlioz, igual que el loco de la Sinfonía Fantástica. Más no me pidan porque –tras semejante empachada de golosinas– me quedé seco. La primer vez que lloré en el cine coincide, pues, con la primera película que no vi.

JOKER

Cine City Hall, Cercado de Lima, 1974.

Se supone que en inglés significa bromista, chistoso. Pero nunca hubo en el mundo cosa más triste que aquel río de lágrimas propiciado, sin duda, por alguna perniciosa versión hindú de César Vallejo. Si ahora alguien me dijera: “Vamos al cine que Cucharita está con la depre”, lo mandaba al carajo. Pero en ese entonces si no habías ido a ver esa película con nombre de naipe, no eras nadie. En mi experiencia, los payasos –por lo menos los que contrataban para las fiestas– eran todos, debajo del Griffin y el colorete, unos chaveteros part-time que contaban chistes de Néstor Quinteros y apestaban, a diez metros, a sobaco. Pero este tal joker –que nadie pronunciaba yóker– sí que se la llevaba refácil, porque lo suyo era poner a todo el mundo a moquear y, claro, así cualquiera era payaso. ¿Cuál es el chiste?

El City Hall queda –o quedaba, no lo sé– frente al Scala Gigante de Alfonso Ugarte. (Nota para adolescentes: Scala era un supermercado. Como Tía -¿manyas?- como Gálax.) Para llegar a ese cine, eterna catedral de Mi Familia Elefante, había que atravesar la quimérica bruma producida por el humo de anticuchos y fritangas. Pero el centro olía rico y no a berrinche como ahora. La humareda, además, te irritaba los ojos y te los iba preparando para que, una vez dentro, pudieras berrear como una auténtica Madre India.

El músico, poeta y loco de la familia, mi tío Washi –que en realidad, pobre, se llamaba Washington y lo torturaban diciéndole Wash And Wear– era mi Obi-Wan Kenobi, (porque hasta la barba blanca tenía) y yo soñaba con algún día dibujar igual que él, escribir igual que él, reírme de absolutamente todo, con esa risa todopoderosa con que se reía él. Mi tío Washi, decía, se burló de mí sin misericordia cuando le conté orgulloso que me había soplado ese dramón moquiento: Mira que pagar por ponerse triste… ¡si serás gafo, coño, eso viene gratis! Sin embargo, un buen día se apareció en la casa trayéndonos de regalo un óleo hermoso e inquietante que se había amanecido pintando en ese caótico taller suyo al que regreso cada vez que vuelvo a sentir el olor del aguarrás. Era un multicolor payaso triste que, hasta ahora, me queda mirando siempre con su inquisitiva mirada de basset hound. Ni siquiera sé cuántos años han pasado desde esa fea llamada que, desde Venezuela, nos informó que el tío Washi había muerto. No lloré. Pero vaya que lo extraño malamente. Cuando evocan sus ocurrencias, mis tías siempre repiten: ¡era un payaso! Qué bendición que la gente te recuerde así. (Continuará…)

Beto Ortiz

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Wednesday, May 02, 2007

LAS PELÍCULAS EN QUE TE VI, por Beto Ortiz


Como todo exiliado que intenta burlar a la soledad de Miami, nuestro cronista sobrevivía a su primer año yanqui en base a tres elementos: internet, tarjetas telefònicas y visitas al cine. Su impetuosa cinefilia, además, se vio fortalecida con la renovada presencia de un misterioso ser en la boletería de la famosa sala de cine de Alton Road. La carta publicada a continuación certifica, registra y comunica detalles de aquellos extraños avatares.
BOLERO DEL BOLETERO
My beautiful ticketmaster:
Perdona la demora en responderte, pero esta semana no chequeé mi mail pues me tocó otra puta vez mudar de casa, bueno, digo: casa, es un decir, no sé si a esto se le pueda llamar casa. Tu mensaje me ha resucitado no sé qué entusiasmo extravagante. Gracias, pibe. Con él, mi ridículo corazón ha salido abruptamente de su obeso aburrimiento.
Yo no creo que nos hayamos encontrado demasiado tarde, discrepemos en eso, mi querido y siempre versátil boletero/actor. Quizás me tomé demasiado tiempo para armarme de valor y hablarte -si lo hubiera hecho en mayo o junio, la primera vez que te vi- pero si algo me hace sentir un poquito orgulloso de mí es el atreverme por fin a escribirte aquella tarjeta que promocionaba el inminente estreno de Diarios de motocicleta y decirte lo que significaba tu querida imagen -toda uniformadita de guinda- detrás del blindado vidrio de la boletería.
No voy a darte lecciones sobre la soledad, bien la conoces, pero ese cine, tu cristalino cine de Alton Road, ha sido el refugio de esta mi hórrida soledad miamense todos estos meses. Cada vez que tuve unos dólares extra me encerraba ahi, (no te voy a negar que me pasaba de una sala a otra sin pagar) y trataba de perderme en las historias de la pantalla para olvidarme un poco de la mías (que me gustan mucho menos). Salvo dos raras excepciones, la primera vez que te ví, (que estaba acompañado) y la noche aquella de la postal furtiva -y gratuita- que te escribi, las otras 40 veces que vine al cine a verte estaba más solo que un ciego en el silencio: entraba, te compraba el boleto, te miraba a los ojos por una fracción de segundo, intentaba sin éxito sonreírte y luego me zambullía en la benéfica tiniebla a administrarme tres y hasta cuatro peliculas de corrido: "City of God', "Kill Bill", "Birth", "Thirteen", "Respiro", "Matrix", "Underworld", "The dancer upstairs", "Mambo Italiano", "The Italian Job", "Intolerable Cruelty", "The Human Stain", "Shattered Glass", "Maria, full of grace", "Love, actually", "Pirates of the Caribbean", "Camp", "The Round Down", "Elephant", "Lost in translation", "Km. O", "Flower of Evil"......me pasaria la tarde entera enumerando todas las peliculas en que -con verdadera obstinación psicópata - te vi.
Y como a lo que yo aspiro es a seguirte viendo. me permito recordarte que continúa abierto el casting para jóvenes actores latinos en la producción independiente y de franciscano presupuesto que nunca filmaré. En ella, no lo olvides nunca, habrá siempre un difícil rol esperándote. Lo único que tienes que hacer es avisarme y cuando quieras, empezamos a rodar, de preferencia, por el fango.
Recibe un besito de happy end de
Tu multifacético dishwasher / escritor

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