LA CINEFILIA NO ES PATRIOTA

DEDICADO AL CINE PERUANO QUE AÚN NO EXISTE

Wednesday, December 03, 2008

ESPECIAL PERE PORTABELLA. PRIMERA PARTE: EL SILENCIO ANTES DE BACH (2007), O CUANDO LA MÚSICA SE APODERA DE LA IMAGEN


…Se diría que a la música de Bach no le importa estar (y casi, encarnar) en el habitáculo con rueditas de una pianola mecánica que se mueve, que toca sola, y que aparece súbita, sorpresiva y emocionante, pero también desafiante y graciosa (como fusión de robot y bailarina), desplazándose por una galería vacía y pintada por completo de blanco; a manera de insuperable introducción, resumen y emblema de cuanto vendrá a nosotros en los siguientes minutos. Imposible imaginar un mejor principio… Extraño pero cierto: se trata de la escena con mayor suspenso de toda la película. -Refrescante insolencia y sabio minimalismo-. (Además es como si Hal 9000 fuese experta en, por lo menos, interpretar las Variaciones Goldberg.) Creo que la idea es clara: esta música es tan poderosa, más allá de cualquier consideración, que no hay manera de escaparse de ella, pues puede adoptar las formas más inimaginables, metamorfosearse e imponer su presencia, y, en todas sus encarnaciones y transformaciones invariablemente quedar triunfante…




(Me interrumpí. Continúo.) Se diría que a la música de Bach no le importa, tampoco, emerger de una dulce y aguda armónica, tocada por un más bien callado camionero en ruta, y cuyo sonido se pierde en la carretera vacía quedando como una estela que se funde en silencio con el paisaje circundante; y menos, como es obvio, no le importa estar en una partitura, embadurnada de sangre, sirviendo de envoltura para un trozo de carne, y saliendo de un mercado hacia la casa de Mendelssohn, en donde será redescubierta (qué bella y horripilante leyenda); o en decenas de violonchelos sólidos y vibrantes, interpretando todos a la vez una obra que originalmente fue compuesta para un solo violonchelo, dentro de un vagón de metro deslizándose (de nuevo, la presencia de lo mecánico-robótico) a toda velocidad… hacia un destino que puede contemplarse metafóricamente incierto. Para mí, la imagen de los músicos en el metro (estoy eligiendo comentar los momentos que me emocionaron más) constituye la perfecta y más fiel imagen en la que yace ‘escondido’, invisible, el significativo viaje en el tiempo de un cierto espíritu (y qué pena si no les gusta la palabra), un espíritu que permanece incólume, que es nada menos que indestructible, y que debe ser re-conocido, re-encontrado, aquí y ahora, en el siglo XXI: condición a la cual aspira y meta que persigue, me parece, esta película. La armonía de Bach imponiéndose en un mundo lleno de ruido (literal y simbólico).




Pero quiero terminar. Y a esta bella música, tampoco le importará estar, por ejemplo, en un fagot, junto a la ventana de un cuarto de hotel, entre el sonido de un teléfono móvil y la lluvia y la tormenta; o en la más clásica y acogedora estancia pía de una catedral en un clásico órgano, o en la intimidad imaginada y reconstruida del propio hogar de los Bach, o en… Portabella, al contrario que los Straub, saca a Bach (y Bach hecho música hace con nosotros o ‘casi’ lo que el perro que guía al ciego afinador de pianos en una secuencia) a pasear por el presente, y no solo a re-situarlo hipotéticamente en el pasado histórico, que se trata de recuperar ‘documentalmente’ (aunque de hecho lo que hacen los Straub en Crónica de Ana-Magdalena Bach, de 1967, sea acaso bastante más intrincado). La excursión (¿o diré incursión?) es extraña. De veras. Desconcierta… Y es apasionante. Portabella juega a la multipresencia/omnipresencia de un Bach como una conciencia superior, un paradigma inescapable, una unidad sublime y compleja para una Europa ‘unida’ por la fuerza del mercado y el dinero y los ríos que la atraviesan, y tal vez, tristemente, por no mucho más.


Crónica de Ana-Magdalena Bach (1967)

Cambio de tema. Y yo que creía que Distant Voices, Still Lives, de Terence Davies (1988), era, de lejos, el musical más raro que había visto. Ahora ya no sé. Para empezar, ¿es esto un musical? ¿Un musical con gran conciencia política? En El Silencio antes de Bach, la música es el pegamento cósmico, la materia luminosa, palpable e impalpable, que une las piezas del mosaico narrativo de Portabella… Secuencias cual celdas autónomas; audaces variaciones sobre un mismo tema (pequeños ejemplos, sí, puesto que el tema ‘la grandeza de Bach mirando la miseria de Occidente’ no tiene fin), que son justamente las imprevisibles secuencias salpicadas, que cual zig-zag se suceden unas a otras; viñetas fuertemente unidas tanto como separadas, convirtiendo en insoluble el delicadísimo enigma de saber qué es lo que viene; y el tema es, siempre, la música. (Incluso cuando el silencio es el que reina. La negación de la música puede ser vista como la espera de su aparición.) La música. No como adorno, no como telón de fondo, no como fondo, no como acompañamiento, no como ilustración, no como comentario que subraya o contrapuntea, sino como el corazón de lo filmado: la razón de ser de la película. La música es el centro apoderándose de un vacío que aparece como central (¿el destino de Europa? ¿la crisis de Occidente?). La película juega de la manera más activa con los vacíos espaciales y narrativos que ella misma construye.


Distant Voices, Still Lives (1988)

Porque es la misma música, aquella que nos salva y eleva, también, la que nos daña y nos hunde, y acaso más, si se trata de la música del músico que es probablemente el más grande de todos. Portabella filma la música de Bach descontextualizándola, sistemática, casi maniáticamente, para probar y volver a probar su enorme e irrefutable poder y su inquietante actualidad, más allá de la equívoca, pesada y molesta etiqueta de ‘clásico’. (Alguien dijo y no por gusto: “La Odisea renace fresca cada mañana y no hay nada más viejo que el periódico de ayer”). La película parece ser en muchos momentos un duelo entre espacios vacíos (incluyendo los vacíos narrativos) o ‘en blanco’, o en lugar de vacíos puedo llamarlos espacios amplios y aireados -incluyendo a ese espacio vacío o vibración particular que llamamos silencio-, y la música, como dos arquitecturas contrapuestas que van más allá de las propias presencias humanas.




Vuelvo de manera obsesiva a la primera secuencia, que me intriga por su elocuente y arriesgada desnudez, no menos que por su espíritu insólitamente juguetón: la pantalla en blanco es lo primero, tras los breves créditos iniciales en blanco sobre negro. La pantalla blanca; hermana o doble de la hoja en blanco, que es esa ‘nada’ (o ‘silencio antes de’), que contiene potencialmente ‘todo’, es decir, que contiene al mismo tiempo todo lo que tal vez sí podamos alcanzar a decir, y lo que nunca podremos. Comienzo algo abstracto para una película que trata la música de un modo puntual, materialista, casi siempre con sonido directo (aspecto ‘documental’ a valorar). Traducida del espacio unidimensional a la ilusión tridimensional, el escenario cambia pero se mantiene en cierta forma: un amplio espacio vacío, de paredes blancas, una galería vacía; la cámara va en busca de algo, se nota, y la sorpresa consiste en que el ejecutante de la música no es humano sino un ingenio mecánico… Lugar vacío, que tiende a la abstracción, a la construcción de un símbolo, y el símbolo nos es dado de la manera más sensorial posible…





Esta música está viva, incluso interpretada así, tiene que decirnos algo más, aparte o conjuntamente con su estremecedora belleza, y ese algo necesita del silencio, de espacios vacíos, de una estructura que no es tradicional; encarnaciones de una sola presencia constante. Hay que recordar que la música de Bach es la genial síntesis de toda la música anterior; él logra unidad, armonía de una diversidad, equilibrio entre las contradicciones, renovación, abre nuevos caminos. Y hay una ética. Como le dice a su hijo en una escena: un orden fuerte y preciso, una buena respiración, y ser honesto para que la interpretación, para que tu música también lo sea. Bach pensaba lo mismo que Milton, el poeta debía ser exactamente un poema, un modelo, si quería escribir grandes poemas…

Pero tanta belleza merece ser refutada. Ahí está entonces la escena donde un personaje le comenta a otro la historia sobre las mujeres en un hospital en la Segunda Guerra Mundial, que no soportaban escuchar música clásica, y que pidieron ‘que las dejaran reventar en paz’. Es que, y esto lo sabe cualquiera, la música abre lo más vivo en nosotros, y lo más vivo por desgracia, a veces, es un espantoso dolor. Luego de esto viene un plano sorprendente. El plano de un piano, cayendo al mar. Otra de las escenas minimalistas más rotundas. Es una imagen demasiado poderosa y es mostrada secamente y sin subrayado, como de pasada. Tanto el piano como el mar están mudos. Portabella suprime el sonido, y el silencio ‘enfría’ la imagen notoriamente, y aporta extrañeza, pero con esto nos indica simplemente que la tragedia está más allá de las palabras y de los sonidos. Claro, el piano, el símbolo de la cultura burguesa (¿quién no recuerda lo que hizo Buñuel con los pianos en Un Perro Andaluz?).



Hay algo gracioso; es como si la película convocara de manera incesante un vacío, que solo puede ser llenado por Bach. Oh, multiplicidad de espacios capaces de contener, de ser literalmente poseídos, por la presencia de la música. El hilo invisible que une o que sirve de puente entre las partes es claramente auditivo, como ya he dicho, incluso en el silencio. Sí. El hilo mágico conductor es la propia música, que narra su autoconsciente presencia por espacios, situaciones, personajes y tiempos disímiles…



Luego del horror, y Dresde, ciudad mostrada en la película, es el símbolo máximo hecho ciudad, de la destrucción, la belleza puede parecer irrisoria, decorativa, amoral, culpable. Incluso la de Bach… Película que sabe crear la sensación de un Bach cual dios omnipresente. Pero no dejamos de ver lo que era: un hombre, tal vez ‘tocado por la mano de Dios’ pero se trata de un trabajador infatigable, sobreponiéndose a mezquindades del entorno, desgracias y contratiempos. Lo imperativo es crear.


Y hay, en efecto, un empecinamiento en filmar a la gente trabajando, algo que no es tan chic desde la perspectiva del cine más espectacular (a menos que tu trabajo sea matar o hacer el amor…) Los camioneros que tocan tan bien la armónica, el piano o el fagot. El hombre que sirve de guía turístico disfrazado de Bach. Incluso el perro lazarillo del afinador de pianos ciego, está, sin duda, trabajando…No se nos esconde tampoco el dato de que en la escuela de música, esa donde los jóvenes, provenientes casi todos de familias no creyentes, en su trabajo con los textos espirituales, pero sobre todo con la música, se hacen bautizar, casi todos, luego de un tiempo…

Una imagen que me afecta en su naturalidad brutal se da cuando el ayudante de Mendelssohn va a comprar carne al mercado y la recibe envuelta en Bach, en partituras de Bach. Es cruel y deprimente, pero qué gran imagen de desprecio por el espíritu, cuando esa reconciliación interior a la que llamamos espíritu es de hecho lo que más necesitamos. Soy de los que piensa que no hay que tener miedo de encontrar en una película un mensaje y, es más, en rigor, es imposible que no lo tenga. Y aquí está muy claro. ¿Qué sería de nosotros sin el decisivo alimento de estos seres llamados artistas?

Llegamos al final. Partituras solas. En fila. Signos sobre papel, en espera. Fondo blanco. La cámara las recorre. Suena por fin una orquesta entera. Suena el Magnificat. Y la película regresa al blanco solo del principio, que lo llena todo. No queda en mí la impresión de que esto sea un final… El Silencio antes de Bach, paradójicamente, quiebra la continuidad narrativa para que sintamos la continuidad de una voz que nos habla desde muy lejos pero que de pronto reconocemos como nuestra, propia, íntima.


No faltará quien se burle instantáneamente ante el uso de ciertas palabras, pero no tengo otra opción: El Silencio antes de Bach es, con todo lo vanguardista de su propuesta, una película religiosa. Si es que puedes creer que el espíritu de Bach está en su música. Si es que puedes creer y sentir que existe algo como ‘el triunfo del espíritu’, sin que importen mucho al final todas las miserias que componen la vida de un hombre o de una especie animal, que tantas veces en nombre de lo ‘divino’ cometió y comete atrocidades por siglos y siglos y en este mismo instante. Pero la contradicción no se ha ido, porque, al mismo tiempo, y nos guste o no, lo sublime y el horror tienen en la música, o en nosotros mismos, la misma cara. El blanco del principio, el blanco del final, y el blanco de las pequeñas historias interrumpidas y los silencios, dejan pendientes en manos del espectador emocionado por la existencia de Bach y su obra, tan graves cuestiones.


Mario Castro Cobos

La Cinefilia no Es Patriota




2 Comments:

  • At 5:39 PM, Blogger supersilent said…

    Notable. Primer comentario que leo sobre esta gran pelicula.

    Mario, aprovecho en avisarte que los cinerastas cambiaron de url

    www.cinerastas.com

    Te agradeceremos mucho actualizar tus vinculos

    Saludos,

    Jose Sarmiento

     
  • At 5:20 PM, Anonymous www.peruforo.com said…

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