LA CINEFILIA NO ES PATRIOTA

DEDICADO AL CINE PERUANO QUE AÚN NO EXISTE

Wednesday, October 21, 2009

ESPECIAL: JOSÉ VAL DEL OMAR Y EL TRÍPTICO ELEMENTAL DE ESPAÑA.


Hay una frase de Michelangelo Antonioni, muy sencilla, por lo demás, y que creo puede servir para introducirnos fácilmente en el mundo todavía por descubrir de José Val Del Omar. La observación de la realidad solo es posible poéticamente. En verdad, pocos hombres en la historia del cine se merecen esta frase decisiva tanto como él. Porque, tener que presentar al público, a finales de la primera década del siglo XXI, a un personaje como José Val Del Omar, es ante todo sorprenderse (casi aterrarse) de que alguien tan importante permanezca en una relativa, a la par que totalmente injusta oscuridad, y lo que es peor, casi víctima de la indiferencia y pereza general; sorprende que aún forme parte de una especie de historia secreta del cine. Será, tal vez, me digo a mí mismo, porque lo mejor de cualquier historia está justamente ahí, en esa parte secreta…

La palabra creador es totalmente apropiada para describirlo. ¿Se imaginan a un tipo que es un científico, un técnico, un inventor, un místico, un poeta y un cineasta (‘cinemista’), todo al mismo tiempo y con perfecta coherencia y armonía? En realidad, y sin el menor ánimo de exagerar, hablamos de nada menos que de un visionario. Objetarán. ¿Se puede hablar aún así? Ver para creer. ¡Y qué visiones nos ofrece, oscuras, brillantemente juguetonas, complejas y alucinadas!

No aspiro a desgranar uno a uno (y aunque quisiera, ¿podría?) los misterios inquietantes de la densa, concentrada, compleja y poco vista, y aún menos entendida, obra de este genial granadino –cosa imposible aquí–: el más sorprendente, el más visionario, ‘extraño’, ‘extremo’ original, innovador y misterioso de los cineastas españoles, sino, apenas a presentarlo a los más curiosos lectores; esto es para aquellos que creen en el cine como una deliciosa aventura del cuerpo y del cerebro en la que siempre se pone ‘algo más’ en juego… Entonces, me dedicaré a continuación a repasar de manera muy modesta, desordenada y breve, sus esplendentes imágenes, insólitas, únicas, simplemente desafiantes, en el sentido más alto de la palabra, grabadas a fuego y atesoradas así en mi memoria. Obviaré, de entre lo que he podido ver, Vibración de Granada (1935) y los tres cortos documentales de Fiestas Cristianas, Fiestas Profanas (1931-35) y me referiré solo al corazón de su obra, Tríptico Elemental de España.

Digamos que uno, mal entrenado, se podría preguntar más bien tontamente: ¿cuál es la lógica de estas imágenes? ¿Cómo ‘entenderlas’? Y sí la hay, sí hay una lógica, sí pueden entenderse, pero saben, no de la manera en que esperan. ¡Siente! ¡No pienses! Dejarse tocar (verbo clave para esta obra) por ciertas imágenes, que hablan en primer lugar al placer más básico de los sentidos ‘para encontrarse a uno mismo’ y solo luego a la razón más sectorial y ejecutiva; su razón es tocarte, tocar esa ‘razón de los sentidos’, ‘esos sentidos que crean las razones’, esos sentidos sin los cuales, lógicamente, no hay ‘sentido’: esa plenitud, ese hombre total escondido bajo capas de razón ‘ciega’, escondido, con relación al milagro y la unidad del mundo; sí, hablamos de una mística en, de y a partir de imágenes y sonidos que hablan de una ‘presencia divina’, de un ‘misterio’. De nada menos que eso nos habla José Val Del Omar en su Tríptico Elemental de España. Había que aclararlo. ¿Un vanguardista que es un hombre de fe? Así es. (‘Fe, no es creer en lo que vimos, sino crear lo que no vemos’).

En el primer corto del Tríptico, Aguaespejo Granadino (1953-55), el agua es la forma amada, privilegiada: es su retrato, su piel, diáfana, rizada o transparente, su respiración, su danza queriendo ser un cuerpo, un espesor orgánico, en chorros de distintas clases, en sonidos varios; su movilidad incesante, eso es lo que importa. El corto se inicia con ese ya legendario y resonante zapateo rítmico, que trasciende la imagen que podemos hacernos de él, pues lo escuchamos y no lo vemos; parece, a riesgo de sonar rimbombante, un principio cósmico, su invisibilidad es la condición de su poder, una pulsación, sí, ‘elemental’, un rasgo irrenunciable del estilo de este director, un patrón constructivo, la base musical, como podría serlo en un videoclip… así que cuando se ve al zapateador esa imagen ya se encuentra vaciada. El agua es una piel, el agua es una voz de lo vivo y a la vez parece que los chorros saben cantar y cantan el cante jondo…

Valorizar los rostros del pueblo, presentándolos como modelos, como poesía viviente, y no solo como anécdotas o detalles pintorescos es algo que no debe pasar desapercibido.

Qué ciegas son las criaturas que se apoyan en el suelo. Bailan sin saber por qué, no encuentran más razones que las que caen de su peso. Parece un llamado de otro mundo, un llamado claramente respaldado por las imágenes del propio corto…

Me gusta que Val Del Omar quiera ‘demostrar’ que el agua está viva, que es espejo, y entonces el fino chorrito de agua que cae sobre la tortuga está lleno de gracia: todo es tan concreto y tan rico en símbolos y sugerencias… El cielo puede vibrar de pronto, como una luz temblorosa que se prende y apaga rápidamente… que palpita como si tuviera vida… ¡Panteísmo de la imagen! Vuelvo a otras deliciosas imágenes, como por ejemplo la de una tortuga desplazándose, despaciosa, junto a la corriente del agua… ¿Qué hará el agua? Al final, helarse, congelarse, hacer sonar su goteo grave y animado, a la vez goteo-campana, danzar al ritmo que le ponen y metamorfosearse…

Fuego en Castilla (1958-60) es sin duda alguna el mejor corto del Tríptico, que se configura para mí con una especie de radiante, fresca solemnidad: la muerte vestida de esculturas, las pesadas obsesiones del miedo religioso aligeradas por los latidos-pulsaciones de luz. Las figuras se multiplican, ya sean extrañas, agresivas o dolientes o estrambóticas; la imaginería religiosa se exhibe en los primeros instantes con insistentes redobles militares, para la imagen de la Virgen con el Cristo en una procesión que no se sabe adónde va… La religiosidad de las fiestas parece anudada a un fondo erótico: en ellas, con ellas, hay un trabajo de scratch, matices sónicos deleitables, estruendo del agua, lejanas campanas, poderes evocativos, voces cómicas, como la que dice Alégrate de poder ser… Dios. Un tour de force por esas imágenes siniestras con una huida hacia la ciudad más contemporánea: juego de la ciudad con y contra la naturaleza, edificaciones árabes, esculturas dentro de una iglesia y la presencia del pueblo como víctimas de esas fuerzas...

Se adivina la intención de formaciones del espíritu, en la piedra o en la madera, y de sonidos de explosiones, de un pincel de luz sobre la boca de una escultura, o de una sombra, o de un tejido de sombra sobre la superficie de un rostro para transfigurarlo… El maravilloso zapateo parece también un claveteo. Las esculturas parecen reclamar, incluso airadas, en todo momento, que se las mire como vivas: en este punto me pongo a recordar el corto de Antonioni La Mirada de Michelanagelo (2004), corto que parece, comparativamente, tan sobrio… y cómo olvidar esa atmósfera de placentera pesadilla, con angelitos que aparecen y desparecen súbitos, uno a cada costado de una estatua de la Virgen… Al final, Val Del Omar recuerda al Jonas Mekas de Walden Diaries (1969): un campo flores, todo en colores, para esta maravilla de menos de 18 minutos…




Anoto. Paliza sensorial. Visión tactil: lo tactil definido más que como un sentido, como la relación entre todos los sentidos. Juego de montaje con las imágenes de las esculturas que casi se tornan fantasmas animados; crujidos castañuelas, resonancias. Juego erótico con imágenes de lo siniestro. Resucitación de terrores infantiles. Imágenes con potencial infernal (pese a ser santos) y la actitud lúdica a la que los somete. El más oscuro y por supuesto el más brillante de los tres cortos.

Sigue, por último, Acariño Galaico (1961-1995). Es el más terrestre, es el más pesado, es el más austero, es el corto que menos me interesa de los tres, pero me interesa en él su tono más grave, como de conclusión, para una obra que se siente libre, también, por inconclusa –quiero decir por imposible de concluir–. El último corto del tríptico es el que intenta ser más ‘narrativo’ y menos fragmentado, pienso en ese personaje hombre-barro que acaba como el Eusebio Poncela de Arrebato, a ritmo de tiroteo.

Hay un aire más frío y cerebral, más enrarecido, planos que alejan a este corto de sensualidades mayores, y detalles como el estiramiento de la imagen, la película negativa, y siempre el ritmo característico del zapateo o claveteo. Además, la obsesión por el agua, de nuevo, y una paleta de sonidos inesperada y hasta cómica. Un recipiente de barro a la vez abstracto y concreto, del que emergerá tal vez la humanidad. Vuelvo a esta voluntad de dotar al corto de un hilo conductor más convencional (llámese a esto un ‘personaje’), un protagonista melancólico y con la cara recubierta de barro. Pero otros elementos que entran en juego: como el inequívoco lamento explícito, por ser (de) barro, y una inesperada simbología esotérica que interactúa con las clásicas imágenes crisitanas. Esculturas estelares del corto, más torpes que las de los otros cortos, primitivas, barrosas, como semichorreantes, pero claro, secas, casi ruinosas: un momento fugazmente sublime se da cuando estas estatuas son frontalmente iluminadas y en medio de la penumbra se columpian, solitas…

Esas ganas inacabables de abrir los sentidos, de mostrar la materia como algo siempre tocable, la felicidad del mundo como una piel que se ofrece incondicional para el goce, esas ganas de hacer de la imagen el alfa y omega de su obra: a contracorriente de una mecánica narrativa que es una trampa, que dice siempre fatalmente lo mismo, con inesenciales variantes, frente a esto, el dispositivo liberador, esa otra construcción fluye como el agua, la imagen y sus manipulaciones y/o transformaciones, sus insólitas y placenteras transformaciones constituyen lo determinante.

Sin Fin, como rezan los créditos ‘finales’ es el gran final / no-final perfecto… La magia de lo que siempre está siendo… La transformación incesante no permite la congelación en una historia, en un destino… Es que, en efecto, la obra de Val Del Omar es una que parece nunca querer terminar (por y pese a su brevedad), sino solo recomenzar, una y otra vez, para maravillarnos y retarnos a no sentir el misterio cifrado en un puñado de imágenes de una frescura inagotable … Un reto a la vez que una inspiración. El cine como la historia secreta de lo que significa una imagen…

(M.C.)



3 Comments:

  • At 1:35 PM, Anonymous Anonymous said…

    ¿Sacrificio de los que aman de verdad y/o de conseguir la verdadera Libertad? ¿El verdadero fin de la Muerte es darle paso a la eternidad del Amor que se dio en vida?

    Este corto "religioso- psicodélico", extra sensorial, me dejó pensando...confieso que el segundo fragmento se me hacía reiterativo por el efecto de luces como cortadores, pero todo el conjunto (corto completo) es perturbador...Parece que las esculturas padecieran su propio destino religioso (ser utilizadas en procesiones, ser observadas en las iglesias, etc.), pero este director las hace cobrar vida... El Agua podría significar la Vida o la verdadera "Palabra" de Dios (detalle de la escultura: mano y libro en primer plano a contraluz, fondo: agua, sonido: agua)...
    Las mismas esculturas que infunden, sin querer ellas mismas, ese "temor a Dios", pareciera que gritaran por librarse de ese temor a Dios, aún en las partes donde no hay gritos verdaderos.
    Si tuviéramos un poco del poder ser dioses y esa vocación opresora del temor a Dios...("Alégrate de poder ser Dios")...
    Si el Agua es Vida y purifica; el Fuego, liberta, aun si es tan drástico y "sublime" como un sacrificio en la hoguera, como morían muchos inocentes por "...SER LO QUE SE AMA" (¿ser uno mismo, ser libre, SER DE VERDAD?)...
    No puedo sólo "sentir" o dejar a mis sentidos sólo fluir...cuando está toda esa frase casi al final "La muerte es sólo una palabra que se queda atrás cuando se ama. El que ama arde y el que arde vuela a la velocidad de la luz, porque amar es ser lo que se ama".

    Las flores y el cielo: el amor y la libertad...tal vez...

     
  • At 3:47 PM, Anonymous Anonymous said…

    las flores...el cielo ...y ¡el viento...!
    que al final de toda la experiencia sensorial anterior descrita, el viento ya casi puede tocarme y dejarme despierta, ya no desierta...
    ¡qué envidia no verlo todo en pantalla grande!Bueno, al menos gracias por compartírnoslo por aquí...

     
  • At 10:47 AM, Blogger Matapuces said…

    Hola a todos, gracias por tán magnífico aporte Mario , hasta ahora desconocía este gran autor.
    Saludos!!

     

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