LA CINEFILIA NO ES PATRIOTA

DEDICADO AL CINE PERUANO QUE AÚN NO EXISTE

Tuesday, July 31, 2007

UN HOMENAJE PARA BERGMAN Y ANTONIONI

Michelangelo Antonioni (1912-2007)







Esta página dejará de aparecer en los próximos días -nació con el Festival de Lima y morirá con él-. Y no hay noticia más desalentadora y triste que ser testigos del fallecimiento de dos cineastas que marcaron, desde años atrás, nuestro entusiasmo y -si es que existe- dedicación por este arte. Bergman y Antonioni. Persona y La noche. El séptimo sello y La aventura. La hora del lobo y Zabriskie Point. Gritos y susurros y Blow up. Fanny y Alexander y El pasajero. Liv Ullman y Mónica Vitti. En fin.
Espero que este pedido no sea descabellado:
Creo que estos sucesos deberían animar a la organización del Festival de Lima a reaccionar con rapidez y coherencia, y presentar alguna breve muestra, o alguna función de homenaje para estos cineastas. Aunque sea una proyección digital. Aunque sea en el quinto piso. Como el Festival importante que aspira a ser, sería un tremendo error no realizar este acto y remitirse a, únicamente, pedir un minuto de silencio. Creo que no es mucho pedir.



A continuación, un breve texto de Bergman.
Fernando Vílchez
*





Ingmar Bergman (1918 - 2007)
En las fotos del libro estamos bien peinados y nos sonreímos mutuamente con cortesía. Estamos, los cuatro, intensamente ocupados en un proyecto que se iba a llamar Bergman sobre Bergman (en español: Conversaciones con Ingmar Bergman, Anagrama, 1975). La idea era que tres jóvenes periodistas, preparados hasta los dientes, me preguntasen sobre mis películas. Era el año 1968 y acababa de terminar La vergüenza. Cuando hoy ojeo el libro lo encuentro falto de sinceridad.

Los interlocutores eran portadores de la única opinión política verdadera. Sabían además que yo estaba pasado de moda, arrollado por la nueva, la joven estética… Parezco poco sincero, continuamente en guardia y bastante tímido. Hasta las preguntas modestamente provocativas las contesto de manera acomodaticia. Me esfuerzo en dar las respuestas que puedan despertar simpatía. Suplico una comprensión que no me iba a llegar de ninguna manera…

En todo caso, después de La vergüenza, siguieron muchos años y muchas películas. Y un día decidí dejar la cámara. Fue en el 83. Podía contemplar el conjunto de una producción terminada, y me di cuenta de que hablaba, de buena gana, de lo pasado. Los oyentes parecían interesados, no sólo por cortesía o para intentar buscare los puntos flacos: mi retirada era una garantía de que era inofensivo.

De cuando en cuando mi amigo Lasse Bergström y yo hablábamos de un nuevo Bergman sobre Bergman –pero más sincero, más objetivo-. Bergström preguntaría y yo hablaría, era el único parecido formal con el precedente. Nos animábamos mutuamente y de pronto nos encontramos en plena faena…

Por alguna razón en la que no había pensado antes, siempre he evitado volver a ver mis películas. Las veces en que me he visto obligado a hacerlo o he tenido la simple curiosidad, sin excepciones y cualquiera que fueses la película, me he sentido sobreexcitado, con ganas de mear, con ganas de cagar, inquieto, a punto de llorar, enfadado, asustado, desgraciado, nostálgico, sentimental, etcétera. A causa de este tumulto inoportuno he evitado mis películas.

Ahora iba a ser necesario volver a ver las películas y pensé que ahora es hace mucho tiempo. Ahora ya puedo aceptar el desafío emocional. Algunas obras podía eliminarlas inmediatamente. Esas las vería Lasse Bergström solo. Es crítico de cine y está curtido, sin llegar a estar encallecido.

Ver cuarenta años de producción durante un ao se fue haciendo inesperadamente fatigoso, a veces insoportable. Me di cuenta, firme y brutalmente, de que había concebido la mayoría de las películas en las entrañas del alma, corazón, cerebro, nervios, órganos genitales y sobre todo en las tripas. Un deseo que no tiene nombre alguno las sacó a la luz. Un placer que se puede llamar “la alegría del artesano” las ha materializado en el mundo de los sentidos.

Tenía que volver a las películas y entrar en sus parajes. Fue un jodido paseo.

Fresas salvajes es un buen ejemplo. Lasse Bergström y yo vimos la película una tarde de vera en el cine de mi casa en Farö. Era una hermosa copia y me quedé impresionado del rostro de Victor Sjöström, sus ojos, la boca, la delicada nuca con el fino pelo, la voz vacilante, indagadora. Sí, fue emocionante. Al día siguiente hablamos de la película varias horas, hablé de Victor Sjöström, de nuestras dificultades y fallos, pero también de nuestros momentos de entendimiento y triunfo.

Cuando más tarde leímos la transcripción de nuestra conversación grabada, nos dimos cuenta de que no había dicho una palabra sensata sobre el origen de la película…

Tras una reflexión más profunda y adentrarme en el oscuro espacio de Fresas salvajes, encuentro un caos negativo de relaciones humanas. La separación de mi tercera esposa aún me dolía violentamente. Fue una experiencia extraña, amar a una persona con la que uno no podía vivir. La placentera y creativa convivencia con Bibi Andersson había empezado a romperse, no recuerdo la razón. Sostenía una amarga lucha con mis padres. Ni quería ni podía hablar con mi padre. Mi madre y yo buscábamos una y otra vez una reconciliación temporal, pero había demasiados cadávares en los armarios, demasiados malentendidos infectados.

Imagino que uno de los impulsos más fuertes que yacen bajo la realización de Fresas salvajes estaba justamente ahí. Me retrataba a mí mismo en la figura de mi padre y buscaba explicaciones a las amargas peleas con mi madre. Más tarde el diario de mi madre ha confirmado mi idea: mi madre se sentía violentamente ambivalente ante su miserable hijo moribundo.

A través de la historia fluye un solo tema, mil veces variado: carencias, pobreza, vacío, la falta de perdón. No sé ahora, y no sabía entonces, cómo suplicaba a mis padres a través de Fresas salvajes: “Mírenme, entiéndanme y –si es posible- perdónenme”.

Hoy en día estoy convencido de que el rechazo, el olvido, tienen que ver con Victor Sjöström. Cuando hicimos la película, la diferencia de edad era grande. Hoy yo tengo, prácticamente, la que él tenía entonces.

Victor Sjöström (1879 - 1960)

Desde el principio la presencia del artista Sjöstrom empequeñeció todo lo demás. Él había hecho la película más importante de la historia. La vi por primera vez cuando tenía quince años. Ahora la veo por lo menos una vez cada verano, solo o con personas más jóvenes. Veo claramente cómo El carro de la muerte, hasta en detalles particulares, ha influido en mi vida profesional. Pero eso es harina de otro costal.

Victor Sjöstrom era un narrador magnífico, divertido y seductor –sobre todo si había una dama joven y guapa presente. Estábamos sentados al pie de la fuente de la historia del cine, tanto del sueco como del norteamericano. Es una leche que no se usasen magnetófonos por aquel entonces.

Todas estas exterioridades son de fácil acceso. Lo que no había comprendido hasta ahora es que Victor Sjöström me había arrebatado mi texto y lo había convertido en algo de su propiedad, había aportado sus experiencias: su propio sufrimiento, misantropía, marginación, brutalidad, tristeza, miedo, aspereza, aburrimiento. Había ocupado mi alma en la forma de mi padre e hizo de todo su propiedad –¡no me quedó ni una miga! Lo hizo con la autoridad y la pasión de la gran personalidad. Yo no tenía nada que añadir, ni un comentario racional o irracional. ¡Fresas salvajes ya no era mi película, era la película de Victor Sjöström!

Probablemente sea significativo el hecho de que cuando escribí el guión no pensé que la interpretase Sjöström en ningún momento. Fue idea del director de Svsnsk Filmindustri, Carl Anders Dymling. Creo que dudé bastante.

Ingmar Bergman (1990)

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1 Comments:

  • At 11:55 AM, Anonymous Jose Sarmiento said…

    No mas cinefilia??? motivos?

     

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