LA CINEFILIA NO ES PATRIOTA

DEDICADO AL CINE PERUANO QUE AÚN NO EXISTE

Thursday, June 05, 2008

CUENTO DE CINE, POR ROSSANA DÍAZ



Tenías algo así como nueve o diez años y eras toda una patinadora, de aquellas que no se sacan los patines ni para ir al baño, ni tampoco para sentarse a almorzar. El colmo era que ni siquiera te los sacabas para ir al cine. Estrenaban Roller Boogie, aquella pésima película del año setenta y tantos u ochenta y pocos, en la que se desarrollaba una demasiado simple historia de amor entre dos patinadores, en plena época disco, donde la protagonista era un poco gordita y el protagonista un poco feo. Pero eso qué más daba, el asunto para ti y tu amiga del colegio era aprender las piruetas que se hacían en la película (ya antes habías hecho lo mismo con Grease, aprendiéndote todos los bailes y canciones), y para ello era vital entrar al cine con los patines puestos, a pesar de que tu mamá te insistió que no lo hicieras. Fue así como viste Roller Boogie en patines, en el cine San Felipe, mientras comías canchita y tomabas una Inca Kola. Pero cuando pasó la moda de los patines ya tú estabas en la era del espacio, absolutamente embelesada por Luke Skywalker, con el que pretendías algún día casarte y tener hijos, por supuesto, cuando al fin fueras grande. Qué patines ni qué nada, tú vivías entonces en otra galaxia, dibujando a cada momento a todos los personajes de Star Wars y obligando a tu mamá a ver la película dos, tres, cuatro, cinco y más veces, todas las que fuera necesario para poder aprenderse los diálogos de memoria, porque tú eras la Princesa Leia, aunque otras veces optabas por ser tu futuro esposo, Luke, o ese otro, Han Solo, que en esa época, aún niña, te parecía feo.





Ahí, en el cine Monarca, fue que viste toda la saga de Star Wars, siempre comiendo canchita y tomando Inca Kola. Pobre niña, nadie te comprendía por tu barrio, porque todas las otras niñas eran dos o tres años mayores y Luke les parecía un feto horroroso, mientras que Han Solo era el churro de la película. Tú trataste de explicarles que no sólo te gustaba porque era churro, sino porque era un solitario, un Jedi, mientras que el tal Han Solo no era un Jedi. Cómo se rieron de ti aquella vez en la que les explicaste que lo que más te cautivaba de aquella película era La Fuerza, esa Fuerza capaz de hacer de Luke un hombre fuerte, de Yoda un hombre sabio y de Darth Vader un hombre infinitamente maligno.






Tuviste hasta la secreta intención de ir al cine por enésima vez con tu espada láser, pero te echaste para atrás porque las de tu barrio ya no estaban para esas bebadas y si iban al cine Monarca contigo era para ver a los chicos de ese lado de San Miguel. Cómo podían estar pensando en seres de carne y hueso, te preguntabas, cuando el sueño dentro del cuarto oscuro era indescriptible, todos aquellos héroes te parecían más reales que tus amigos del barrio, todo lo que salía en la pantalla era más real que lo que veías en la calle. Efectivamente, te habías vuelto ya una loca del cine, que no sólo soñaba durante la película sino con el recuerdo de ella. Para ello, era importante la música de la película y por eso hasta te compraste la música de Star Wars en cassette, con la cual tuviste traumatizados a todos los vecinos durante meses, especialmente cuando sonaban aquellas piezas musicales que en la película acompañaban a Darth Vader y al Emperador, y que eran de una truculencia que ponía los pelos de punta al más calmado de los mortales.



¿Recuerdas también la tarde en la que fuiste al cine Porteño, en el Callao, a ver E.T.? Fueron tus primeras lágrimas en el cine con una película que no fuese de Walt Disney. Lo peor había sido algunos años antes cuando fuiste a ver Dumbo, muy chiquita, eso había sido una tortura, qué sufrimiento por el pobre elefante de orejas grandes, pero aún así pediste ir a ver una y otra vez la película. Ves, ya te gustaba llorar en las películas desde que estabas en el nido. Pero E.T. superó todos los sufrimientos anteriores, esta fue la catarsis del sufrimiento. En tu época E.T. te convertiste en Elliot y E.T. andaba por ahí, pululando en tu jardín de Maranga, entre las yerberas y el caucho lleno de gatos que subían y bajaban constantemente. Incluso también andaba por el árbol de plátanos lleno de mosquitos diciéndote “E.T. phone home” y haciéndote llorar fuera del cuarto oscuro.


No sé exactamente en qué momento pasaste del espacio y los seres extraterrestres y galácticos al cine tan refinado de la Filmoteca. Fue después de varios años, durante los cuales tuviste que tragar muchas malas películas, principalmente porque los adolescentes van a ver casi siempre malas películas. Y si no, qué fue Footloose por ejemplo. El perfecto ejemplo de la película de adolescentes de los ochenta. Hasta tuviste tu cassette con la música de la película. Y recuerda, te gustaba Kevin Bacon, con su sonrisa a lo David Bowie.



Pero dos años después de haber visto algo como Footloose, ya estabas viendo clásicos americanos, algunos de los cuales ya habías visto antes pero sin prestarles mucha atención. Y también películas americanas más actuales como El Padrino y algunas de Scorsese. A Woody Allen también lo descubriste en esas épocas y te encantó. Pero fue cuando viste las películas italianas del neorrealismo que sufriste el verdadero cambio. Y por supuesto Fellini. Esto significó el verdadero sueño del cuarto oscuro.


Cuando terminaste el colegio ya sabías distinguir las buenas de las malas películas, aunque aún te quedaba muchísimo por descubrir. ¿Te acuerdas de aquella vez, durante tu primer año de universidad, que estabas estudiando para un parcial cuando se te ocurrió ver Novecento, que no la habías visto y la pasaban por la tele a las dos de la madrugada? Tu papá la vio en su cuarto y tú en la tele chiquita que había en el tuyo. No pudiste estudiar nada. La película ejerció sobre ti tal fascinación que ahí quedaste, petrificada ante la pantalla y al día siguiente te jalaron en el parcial de Mate 1, por culpa de Novecento. Comentaste la película con tu papá, quien también se había quedado impresionado con ella. Incluso soltaste lágrimas cuando recordabas la escena final, ese fragmento maravilloso en el que el par de viejos, interpretados tan magistralmente por Robert de Niro y Gerard Depardieu, se están peleando al lado de las vías del tren e incluso juegan a echarse sobre ellas, como en la infancia. Fue ésta la primera película que viste en la Filmoteca, al poco tiempo de haberla visto en la televisión, y te gustó aún más, y fue entonces que comprendiste que el cine era probablemente la mejor vía para soñar que tiene el ser humano. Nada era comparable al placer de estar en el cuarto oscuro viendo una obra maestra como ésta.





Luego vino el descubrimiento de Buñuel, de Bergman, de Wenders y tantos otros que fueron capaces de hacerte soñar. Un momento inolvidable fue cuando viste El cielo sobre Berlín y luego Tan lejos, tan cerca. Querías ser como esos ángeles trepados en las estatuas y monumentos de la ciudad. Querías conocer un ángel. Cuando fuiste a Berlín lo primero que hiciste fue ir a visitar al famoso ángel de la película. Tu decepción fue darte cuenta que no era un monumento tan impresionante, pero tu alegría fue saber que sólo el cine es capaz de dotar de un aura tan grande a los objetos. Supiste ese día que este ángel resistió a los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y que en ello radicaba su importancia. Para ti, sería siempre el ángel de la película de Wenders.



Podrías hablar de tantas películas. Hay una que recuerdas con especial cariño. Una de Woody por supuesto: La Rosa Púrpura de El Cairo. Esta película lo resume todo: en el cuarto oscuro es posible soñar, dotar de vida aquello que no la tiene, cambiar la realidad, ser felices. Cuando las luces se encienden, el sueño se acaba. Pero la vida continúa. Lo bueno es que siempre podemos volver al cine al día siguiente.

Y por eso ahí, en medio de tus recuerdos infantiles de una sala de cine y unos patines, una espada láser y un extraterrestre bonachón en medio de tu jardín, está aquella secuencia maravillosa en la que Antoine Doinel, aquel niño inolvidable de Los cuatrocientos golpes de Truffaut, al fin conoce el mar y corre por la orilla, sabiendo al mismo tiempo que es un prisionero, y que ese sueño, el sueño de conocer el mar y la libertad, son efímeros. De ahí su rostro final, uno de los fragmentos más impresionantes en la historia del cine: Antoine Doinel, en toda su condición de ser humano condenado a una existencia que no posee mucho sentido, otorgándose a sí mismo un momento de sueño y felicidad.

Rossana Díaz Costa
La Cinefilia No Es Patriota


3 Comments:

  • At 9:28 AM, Anonymous Anonymous said…

    puro corazón!

     
  • At 9:43 AM, Blogger Judaz said…

    artículo muy bonito, rossana...
    justo esta semana quise ver los 400 golpes y la maldición del dvd pirata me arruinó el viaje... se rayó justo cuando iba a empezar aquella secuencia...
    esperaré unos años más para verla de nuevo, tal vez cuando vea a mi infancia mucho más lejana que ahora.
    saludos

     
  • At 8:16 PM, Anonymous Anonymous said…

    muy lindo post :) me trajo muchos recuerdos de muchas películas

     

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